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Casas adosadas de colores vivos, desgastados muelles pesqueros a lo largo de las escarpadas laderas y costas rocosas del cambiante océano Atlántico enmarcan a St. John, la ciudad más oriental de Canadá ubicada en Newfoundland, que se ha consagrado como guardiana de una de las tradiciones gastronómicas más interesantes del país.

Caminar desde la bahía hasta la histórica Signal Hill y bordear los acantilados azotados por el viento buscando ballenas, icebergs y aves marinas, son sólo parte de la experiencia que culmina al llegar al barrio y antiguo pueblo de Quidi Vidi; donde el paladar será deleitado con las tradicionales «mejillas de bacalao» rebozadas y cerveza artesanal.

La cocina de Newfoundland ha sido motivo de halagos por muchos críticos de la escena culinaria lo que se debe en gran parte a los ingredientes tradicionales que desde hace décadas se producen en la isla, pionera en la filosofía de consumir productos de proximidad también conocida como “dieta de las 100 millas”, caracterizada por la ausencia de alimentos precocinados y por que todo era local, sostenible y orgánico.

Y es que hasta hace 60 años el acceso a las comunidades costeras solo era posible por barco, la pesca constituía la principal fuente de ingresos para la mayoría de ellas y las familias aprovechaban lo que tenían a mano como hortalizas de raíz, frutos silvestres, el conejo, el alce, la perdiz, las aves marinas y, por supuesto, el pescado, y al hablar de pescado, el principal es el bacalao, ingrediente principal de los platillos más tradicionales de la isla como el fish and brewis, o el boiled dinner.

La experiencia gastronómica actual abarca desde la sofisticación ecléctica hasta la cocina rústica, pero usando ingredientes sencillos y básicos del pasado culinario de St. Johns.

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